Todos Los Fuegos El Fuego
Arcilla e impresión digital
2014
Una noche, mientras regresaba a mi casa, vi una llama de fuego de cerca de veinte metros de altura ardiendo a toda presión en el campo que separa la autopista. A su alrededor, se encontraban reunidos una gran cantidad de agentes de la empresa que provee gas natural a toda la ciudad.
En esta escena, el fuego estaba imponente en medio de la ciudad como una revelación instantánea del paisaje urbano, quizás por un momento, una reminiscencia histórica del instante que dio origen a la modernidad. Sin duda este acontecimiento apoteósico no era más que una escultura urbana, por un momento pensé que por accidente también estaba manifestado, descubierto en el espacio público, el fuego íntimo de la ciudad.
Esta experiencia me despertó el interés por el fuego y emprendí una búsqueda sobre la utilización de este elemento. Publiqué en las redes sociales preguntas acerca de los lugares en los cuales se utiliza el fuego en la ciudad y casualmente el artista Freddy Quinayas me sugirió visitar la fábrica donde trabaja su padre, quien maneja la máquina que imprime los ladrillos, que procesa la arcilla y que la convierte en molde. Don Hernán es el gran operario de una máquina que siempre necesita un ajuste, casi como quien reparara un carro a su andar. Así encontré una fábrica ladrillera artesanal ubicada en El Carmelo, un corregimiento del municipio de Candelaria a 15 minutos de Cali. Realmente nunca había estado en un lugar de este tipo, ni tampoco conocía este proceso.
La textura del lugar era tan fuerte que el acto simple de habitarlo ya podría ser considerado como una experiencia de gran impacto estético. El horno donde se queman los ladrillos, su arquitectura, su textura y su forma, comenzó a ser un eje central de algo hasta el momento concebido como un sistema de producción, pero de la misma forma que la llama, también empezaba a ser una metáfora. Lo primero que se me vino a la mente fue fotografiar todo y hacer un análisis de las imágenes con amigos y colegas.
Tomé alrededor de cuatrocientas fotos, intentando capturar con la cámara la experiencia de estar en este lugar. En ese momento no entendía muy bien por qué estaba detrás del fuego, pero me rondaba la imagen de un trabajador del fuego. Más adelante descubrí que el fuego siempre ha estado ligado a la arquitectura y que la arquitectura siempre se ha erigido simbólicamente para representar el poder y uno de mis intereses ha sido pensar cómo el poder afecta la vida y la forma. Recordé el documental de Martha Rodríguez y Jorge Silva llamado Chircales (1966 – 1972), y aunque en Candelaria la explotación laboral no estaba presente de una manera tan brutal como en aquella película, es evidente que la temperatura de la quema deteriora paulatinamente la vista del obrero, que continúa existiendo una discriminación racial y una represión frente a las oportunidades laborales de las poblaciones más oprimidas, las migraciones, las negritudes, etc.
Después noté que las fotografías no eran lo suficientemente sustanciales y volví en busca algunos elementos que me acercaran a la materia. Iba ahora no con el lente de la cámara sino como un analista de formas. Fue una búsqueda que terminó en el fondo de la fábrica, en el lugar en donde tiran el material que no es apto para el mercado. Allí descubrí estas esculturas que suceden todo el tiempo, que son como ladrillos cristalizados que se transforman y se adhieren entre ellos por las altas temperaturas.
La primera vez que se mostró este proyecto, en la sala de exhibición de Bellas Artes de Cali, dispuse estos objetos de dos maneras: en un primer espacio ubiqué los de menor tamaño, repartidos en pequeños grupos y en ocasiones tirados espontáneamente, como una forma de crear un diálogo con el espacio que remitiera a la disposición de estos objetos en su ambiente originario, conservando la idea de la fábrica y la dinámica cotidiana del trabajador. En un segundo espacio dispuse objetos de mayor volumen directamente sobre el piso, más para ser leídos como esculturas, como guras que sugieren edificaciones, algunas recostadas directamente sobre los muros. Una luz muy puntual generó un ambiente oscuro con la intención de realzar los objetos y dramatizar sus formas. Finalmente, después de observar los objetos distribuidos en la sala, logré ver que comenzaban a entrar en un diálogo con la arquitectura que los contenía, con el espacio, y ahí recordé a las esculturas de Matta-Clark: segmentos de arquitectura, extracciónes, cortes traídos a colación. Esto me hizo pensar un poco más acerca de cómo estas formas que surgen de un edificio arquetípico (el horno), estaban hablando al mismo tiempo de la arquitectura misma y de su manifestación en el entorno, también cómo estos fragmentos de arquitectura se asemejan a cuerpos deformes, erróneos pero al mismo tiempo muy reales. Entonces decidí citar a Matta-Clark e instalar frases sobre anarquitectura alrededor de toda la exposición.
* Todos los fuego el fuego es el cuento principal de un libro de Julio Cortázar publicado en 1966. Narra la historia de Marco, un gladiador que es llevado a una batalla en el coliseo romano en donde su muerte está predestinada y concertada por el procónsul por el amor que la esposa del mismo, Irene, siente por él. Pero al final, el coliseo empieza a arder y todo se convierte en catástrofe. En general esta narración y principalmente mi interés por la fuerza de la composición y representación gramatical del fuego queriendo decir que todos los fuegos son el mismo fuego, como un silogismo o metáfora —como también se diría que todos los mares son el mar — llevó a titular así este proyecto.
Texto publicado en la REVISTA MATERA. Especial Artecámara 2015. ISSN: 2145-9746
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